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domingo, 15 de julio de 2007
martes, 9 de enero de 2007
viernes, 31 de marzo de 2006
¿Quién sos?

Estaba acostada en mi mano izquierda. Roja, tensa, agitada pero frágil. Nada igual. La amo y le tengo terror. Tanta vulnerabilidad es una amenaza. Puede caerse y explotar. Cierro el puño por accidente y la exprimo. Un movimiento brusco y se desmenuza. Entonces la muerte como promesa recostada en la palma de la mano. ¿Podría soportar que algo le pasara? Odio la posibilidad. Es mejor no saber quién es esa fresa madura que se retuerce juguetona. Le tengo miedo.
Pasaron cinco años. Se confunden la luz, el tiempo, las distancias. Disparo fotografías, una tras otra. Ella está saltando sobre un sillón. Se retuerce juguetona, todavía frágil. Grita y me mira. La foto capta formas de ese ser imaginario, esa imagen, la que me aterraba. Sigue ahí el miedo, mi miedo. No podría soportar que algo le pasara. La amo y le tengo terror.
Pasaron cinco años. Se confunden la luz, el tiempo, las distancias. Disparo fotografías, una tras otra. Ella está saltando sobre un sillón. Se retuerce juguetona, todavía frágil. Grita y me mira. La foto capta formas de ese ser imaginario, esa imagen, la que me aterraba. Sigue ahí el miedo, mi miedo. No podría soportar que algo le pasara. La amo y le tengo terror.
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Cosas
jueves, 20 de enero de 2005
Sin red
Las pocas veces que habla de esos días -relamente habla poco de esos días- se ve en caída libre. Como si las manos que lo sostenían en alto lo hubieran soltado. Se ve en caída libre, sin nada de que agarrarse. Todas las cosas seguras van desapareciendo . Y manotea desesperado. Y mamá que también se cae. Y papá se aleja. Cae y no hay red, quedan unos hilos cortados que no alcanzan para sostenerlo.
Después de esos días en Lima, el hijo está corriendo de nuevo. Volvió a su pueblo, la red vuelve a estar ahí. Hay nuevas manos que lo sostienen. Un cumpleaños con gente. Están mamá y papá, aunque ya nada es igual. Es su fiesta y él corre con la pelota, va hacia el arco. Todavía quedan algunos hilos cortados, pero antes que termine de oscurecer le dará aquella patada a la pelota, con todo el odio guardado, con todo el dolor no gritado, aquella patada con la que siempre cuenta que rompió la red.
Después de esos días en Lima, el hijo está corriendo de nuevo. Volvió a su pueblo, la red vuelve a estar ahí. Hay nuevas manos que lo sostienen. Un cumpleaños con gente. Están mamá y papá, aunque ya nada es igual. Es su fiesta y él corre con la pelota, va hacia el arco. Todavía quedan algunos hilos cortados, pero antes que termine de oscurecer le dará aquella patada a la pelota, con todo el odio guardado, con todo el dolor no gritado, aquella patada con la que siempre cuenta que rompió la red.
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Cosas
sábado, 30 de octubre de 2004
Entre tinieblas
Mejor no hablar (de ciertas cosas)
Luca Prodan
Una mujer, una mujer atrás,
una mujer atrás de un vidrio empañado.
Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas.
No, mejor no hablar de ciertas cosas.
Un tornado, un tornado, un tornado...
Un tornado arrasó a mi ciudad y a mí jardín primitivo.
Un tornado arrasó a tu ciudad y a tu jardín primitivo.
Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas
no, mejor no hablar de ciertas cosas.
Yo, yo, yo, yo...
Yo tuve la mejor flor, la mejor de la plata más dulce
Yo tuve la mejor flor, la mejor de la plata más dulce
Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas.
No, no, no, mejor no hablar de ciertas cosas.
(…)
Lima en una mañana de octubre. El vapor de la ducha cubre el espejo en el cuarto de uno de los hoteles baratos de la avenida San Borja. La niebla de la ciudad no deja ver mucho más allá. Afuera hay resentimiento, están las mismas amenazas que los obligaron a separarse, pero escondidos en esa habitación para amores que no deben verse, siguen eufóricos por el regreso. También están envueltos por una niebla que no los deja ver mucho más allá, pero alcanza con el momento.
El vapor garabatea luces y sombras sobre el espejo. Y ellos que no quieren ver, descubren en la foto los garabatos de luces y las sobras de un amor, allí de pie, diluido en millones de gotitas invisibles de agua. Es un dilema de perspectivas. Sobra la mesa de luz está la botellita de ron, la computadora y un poco de sandwich de pollo, lo poco que un amor clandestino necesita para sobrevivir.
Pero el verano le borra la garúa a Lima y el mar vuelve cada año a verse infinito desde el malecón. La niebla se esconde por unos meses, los amantes clandestinos salen a la luz, vivir se empieza a conjugar en futuro y la historia del amor perseguido está quedándose sin argumentos.
Había un final escrito: el devía volver. Y el avión cruza la Cordillera que en él tantas veces separó mundos y tiempos. Entonces, la foto del vapor garabateando luces y sombras se ve distinta. La silueta del amor se ha vuelto casi invisible. Cuestión de perspectivas. Ahóra sólo ve formas blancas que le recordaban los miedos infantiles a la soledad y la muerte.
El vapor garabatea luces y sombras sobre el espejo. Y ellos que no quieren ver, descubren en la foto los garabatos de luces y las sobras de un amor, allí de pie, diluido en millones de gotitas invisibles de agua. Es un dilema de perspectivas. Sobra la mesa de luz está la botellita de ron, la computadora y un poco de sandwich de pollo, lo poco que un amor clandestino necesita para sobrevivir.
Pero el verano le borra la garúa a Lima y el mar vuelve cada año a verse infinito desde el malecón. La niebla se esconde por unos meses, los amantes clandestinos salen a la luz, vivir se empieza a conjugar en futuro y la historia del amor perseguido está quedándose sin argumentos.
Había un final escrito: el devía volver. Y el avión cruza la Cordillera que en él tantas veces separó mundos y tiempos. Entonces, la foto del vapor garabateando luces y sombras se ve distinta. La silueta del amor se ha vuelto casi invisible. Cuestión de perspectivas. Ahóra sólo ve formas blancas que le recordaban los miedos infantiles a la soledad y la muerte.
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viernes, 28 de noviembre de 2003
Monumento a la paz por venir en El Salvador

Por diez dólares me lleva desde el aeropuerto de San Salvador hasta el hotel. Tendrá que trepar desde la orilla del mar sofocante hasta la ciudad, por un camino cavado en los cerros e interrumpido por retenes militares. La guerra terminó hace más de diez años, pero conviene fingir que sigue para no enfriar el miedo.
Todos perdimos alguien en la guerra. También me cuenta que votará por la izquierda pero que la derecha seguirá gobernando El Salvador porque conviene mantener el miedo tibio. Con las armas de la guerra fundieron un cristo en medio de la carretera. Monumento a la Paz. Siempre paso de largo pero esta vez pido detener para sacar una fotos. Me bajo con bolso y todo por si me roban, porque mi miedo también está tibio.
Cuando llego al hotel Radisson me cuentan que ahí mismo fue la embajada de Estados Unidos, que la guerrilla la cercó y mantuvo aislada durante varios días en la gran ofensiva para tomar el país. Fue una muestra de poder y también una humillación a los mejores amigos del ejército enemigo. Luego negociaron la paz. Pero no hubo reconciliación.
Unos meses antes, Linares, uno de los líderes rebeldes me había recibido en su despacho de funcionario público con una mina antipersonal como pisapapeles. Yo le hablaba de desarme mientras me mostraba en un mapa los frentes donde había combatido. De los Montoneros argentinos fue de los que más aprendimos técnicas de combate. Nos entrenaron cubanos, vietnamitas, palestinos, pero de los argentinos aprendimos más. Jura que entregaron todas las armas, que la derecha los acusa de enterrarlas para militarizar el país.
El miedo a la guerra sigue tibio. Ahora la amenaza son los hijos del conflicto, les llaman maras, muchos emigraron y luego los deportaron desde Estados Unidos. Viven la miseria y la represión de un país que homenajea una paz que nunca llegó.
Todos perdimos alguien en la guerra. También me cuenta que votará por la izquierda pero que la derecha seguirá gobernando El Salvador porque conviene mantener el miedo tibio. Con las armas de la guerra fundieron un cristo en medio de la carretera. Monumento a la Paz. Siempre paso de largo pero esta vez pido detener para sacar una fotos. Me bajo con bolso y todo por si me roban, porque mi miedo también está tibio.
Cuando llego al hotel Radisson me cuentan que ahí mismo fue la embajada de Estados Unidos, que la guerrilla la cercó y mantuvo aislada durante varios días en la gran ofensiva para tomar el país. Fue una muestra de poder y también una humillación a los mejores amigos del ejército enemigo. Luego negociaron la paz. Pero no hubo reconciliación.
Unos meses antes, Linares, uno de los líderes rebeldes me había recibido en su despacho de funcionario público con una mina antipersonal como pisapapeles. Yo le hablaba de desarme mientras me mostraba en un mapa los frentes donde había combatido. De los Montoneros argentinos fue de los que más aprendimos técnicas de combate. Nos entrenaron cubanos, vietnamitas, palestinos, pero de los argentinos aprendimos más. Jura que entregaron todas las armas, que la derecha los acusa de enterrarlas para militarizar el país.
El miedo a la guerra sigue tibio. Ahora la amenaza son los hijos del conflicto, les llaman maras, muchos emigraron y luego los deportaron desde Estados Unidos. Viven la miseria y la represión de un país que homenajea una paz que nunca llegó.
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