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viernes, 27 de junio de 2008
jueves, 26 de junio de 2008
sábado, 26 de abril de 2008
sábado, 19 de abril de 2008
lunes, 21 de enero de 2008
La viña más austral (Chubut)
El Hoyo, en Chubut, a 20 kilómetros al Sur de El Bolsón: allí encontré la viña más austral. Están recostadas sobre la ladera de una montaña, donde reciben el mayor tiempo de sol. La cosecha es tarde, en el otoño, antes de la nieve y el invierno que lo hiela todo en los bosques patagónicos. Allí donde crecen pinos y fresas, también hay un vino que por ahora es más una promesa.
domingo, 15 de julio de 2007
sábado, 9 de junio de 2007
Viñas I
Tupungato. Celeste. Azul. Blanco en invierno. El gris áspero del piso. Poco verde y mucho marrón. Así aprendí los colores. Así los recuerdo. Los azules del cielo y la cordillera. El blanco de las nubes y la nieve. Los marrones de la tierra y los troncos. Y un poco de verde en las hojas de parra: las que todavia están en la casa de mis abuelos, las de la parra en la que me trepaba siendo Tarzán, la viña donde se nos perdía la pelota jugando al fútbol.
Mendoza es una paleta de colores terrosos, sabe agrio, huele seco. Aquí nací y aquí volví, después de perder varias capas de piel en el camino. Volví arañado, hastiado, uraño.
Pero ella apareció y me habló del verde de las hojas, del rojo rubí del cabernet, del dulce de ciruelas en el malbec, de hongos, maderas y olores. Le dije que los conozco. Y es cierto, conozco esos olores, conozco esos colores. Pero me rescató arrastrándome por un mundo de sentidos, donde el marrón dejó de ser tierra y se volvió roble, la uva se llenó de aromas y el granizo lo convirtió en desgracia.
Me sentía muerto. Me sentía seco. Me sentía ciego ante las sorpresas. Pero ella me llevó de la mano oliendo parras, mirando nubes y distinguiendo marrones. Sembramos y cosechamos cada año. Destilamos en otoño y añejamos en los inviernos. Nos emborrachamos con un caldo burbujeante de polen y sabores en el verano. Nos encomendamos a las tormentas en el febrero. Y así vamos construyendo, cosecha tras cosecha, una historia con buen cuerpo, agradable al paladar, con aroma a frutos rojos, carne y nueces, pero que estalla a trasluz en azules, marrones y rojos furiosos de amor.
Ella resucitó mis sentidos. Ahora sólo puedo amarla, beberla hasta desvanecer y bostezar satisfecho, ebrio de placer.
Mendoza es una paleta de colores terrosos, sabe agrio, huele seco. Aquí nací y aquí volví, después de perder varias capas de piel en el camino. Volví arañado, hastiado, uraño.
Pero ella apareció y me habló del verde de las hojas, del rojo rubí del cabernet, del dulce de ciruelas en el malbec, de hongos, maderas y olores. Le dije que los conozco. Y es cierto, conozco esos olores, conozco esos colores. Pero me rescató arrastrándome por un mundo de sentidos, donde el marrón dejó de ser tierra y se volvió roble, la uva se llenó de aromas y el granizo lo convirtió en desgracia.
Me sentía muerto. Me sentía seco. Me sentía ciego ante las sorpresas. Pero ella me llevó de la mano oliendo parras, mirando nubes y distinguiendo marrones. Sembramos y cosechamos cada año. Destilamos en otoño y añejamos en los inviernos. Nos emborrachamos con un caldo burbujeante de polen y sabores en el verano. Nos encomendamos a las tormentas en el febrero. Y así vamos construyendo, cosecha tras cosecha, una historia con buen cuerpo, agradable al paladar, con aroma a frutos rojos, carne y nueces, pero que estalla a trasluz en azules, marrones y rojos furiosos de amor.
Ella resucitó mis sentidos. Ahora sólo puedo amarla, beberla hasta desvanecer y bostezar satisfecho, ebrio de placer.
viernes, 14 de octubre de 2005
Aconcagua
Llevo un bolso de mano como único equipaje. Me estoy yendo de nuevo. Escapando a buscar algo. Varios vuelos y sin fecha clara de regreso. Primera escala en Lima, obvio.
Pero lo difícil es irse de Mendoza y dejarlos a ellos dos esperando hasta que vuelva. Debo ir. Tengo pendientes. Cruzar e ir. Debo.
La cordillera siempre estuvo ahí como referencia, como barrera. Cruzarla es ir. Se ve desde cualquier lado. Blanca en invierno, azul en verano. Es octubre, ya empezó la primavera y desde la ventanilla del avión se ve el Aconcagua. El punto más alto, la cima, el quiebre, el límite. Una foto, unos segundos y ya estoy del otro lado, en viaje por un amor que no podrá ser, que no será.
Pronto voy a volver.
Pero lo difícil es irse de Mendoza y dejarlos a ellos dos esperando hasta que vuelva. Debo ir. Tengo pendientes. Cruzar e ir. Debo.
La cordillera siempre estuvo ahí como referencia, como barrera. Cruzarla es ir. Se ve desde cualquier lado. Blanca en invierno, azul en verano. Es octubre, ya empezó la primavera y desde la ventanilla del avión se ve el Aconcagua. El punto más alto, la cima, el quiebre, el límite. Una foto, unos segundos y ya estoy del otro lado, en viaje por un amor que no podrá ser, que no será.
Pronto voy a volver.
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Argentina
martes, 25 de enero de 2005
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